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Publicado en Revista La Biblioteca 1, verano 2004/2005, pp. 36-39

El archivo del mal

por Daniel Alvaro

Ninguna seguridad, disponibilidad, o garantía, para un concepto del archivo. “Archivo” es sólo una impresión, o bien un conjunto de impresiones que carece de concepto. Contrariamente a lo que podría pensarse, no es esta impresión un concepto inadecuado o incompleto, ni siquiera se trata de un defecto teórico o de una falla conceptual de las disciplinas asociadas a la historia del archivo. Se trata, quizá, de la posibilidad misma del concepto. De un concepto del archivo por venir. Se trata, más allá de todo concepto, de pensar el archivo como una experiencia singular de la promesa. Una de las tesis que auspiciaba la conferencia pronunciada por Jacques Derrida en junio de 1994, publicada posteriormente bajo el título Mal de archivo. Una impresión freudiana, intentaba ligar, precisamente, el concepto de archivo y archivación a la cuestión del porvenir y al enigmático llamado de lo mesiánico sin mesianismo.

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Del modo más natural, se suele relacionar el archivo con el tiempo pasado, el saber y la memoria. Pero no se trata aquí del pasado, sino del porvenir, dado que el archivo “es la cuestión misma de una respuesta, de una promesa y de una responsabilidad para mañana”. Es en el porvenir de un tiempo inapropiable, tal vez próximo, pero esencialmente imprevisible, donde el concepto de archivo habrá querido decir algo para nosotros. De ello se sigue la tesis que afirma una radical disimetría del archivo con la arqueología; de un archivo, pues, en permanente tensión con el origen. La demostración de está hipótesis, comienza por obligarnos a distinguir el archivo de aquello a lo que siempre se lo ha asociado, en particular, la búsqueda segura de un “comienzo absoluto”, los dispositivos arqueológicos, el recuerdo y la experiencia de la memoria.

La palabra archivo, según Jacques Derrida, nombra de una vez el comienzo y el mandato. En efecto, dos órdenes o dos principios, habitan el corazón mismo del nombre arkhé. Por un lado, un “orden secuencial”, esto es, un orden del comienzo (físico, ontológico, histórico), del principio, o del origen. Por otro lado, un “orden del mandato”, orden social de la ley relacionado con el ejercicio de la autoridad. El sentido de la palabra “archivo”, del griego arkheîon, hace referencia en primer lugar, a una casa, un domicilio, la residencia de quienes ejercían el mando y representaban la ley. Los arcontes eran quienes guardaban, cuidaban y alojaban en sus casas los documentos oficiales, y al mismo tiempo, quienes ostentaban el poder de interpretar los documentos portadores de la ley. Ciertamente, los archivos han de tener un lugar que les sea propio, deben ser consagrados por un espacio de residencia privilegiado, y a su vez han de contar con la estabilidad de un soporte de inscripción. Ahora bien, el poder o la función arcóntica, no simplemente agrupa en un lugar, para luego identificar y clasificar. Pues no basta con que el archivo resida en algún sitio, sobre un lugar de impresión. Hay también un poder de consignación, que consiste en reunir bajo un mismo sistema la articulación ideal de todos sus elementos. Sobre la amenaza de una diferencia irreductible, el efecto arcóntico de la consignación tiende a sellar las partes unas con otras. Amenaza, tal vez, de lo secreto como aquello no archivable.

El proyecto psicoanalítico que encarna Freud, al pensar el cruce del lugar y de la ley, el cruce de la topología y de la nomología como condición indispensable del archivo, al pensar un archivo psíquico propiamente dicho que no se reduciría en principio al acto consciente de la rememoración, plantea preguntas esenciales sobre la relación del archivo con la técnica, sobre la lógica patriarcal del principio archivador, sobre la economía psíquica y su relación con los registros. El psicoanálisis freudiano trabaja efectivamente una nueva teoría del archivo. No en vano su discurso privilegia las figuras de la imprenta y de la impronta, de la censura y de la represión, de la memoria y de la huella.

En 1930 con la publicación de El malestar en la cultura, Freud retoma todos estos temas –temas que ya había trabajado en Más allá del principio del placer–, pero esta vez desde una perspectiva que se podría llamar culturalista. Freud se entrega en este texto, al desarrollo e interpretación de lo que Derrida llama “una tesis irresistible” o “la posibilidad de una perversidad radical”, a saber, la llamada pulsión de muerte, de agresión o de destrucción. Sin otro fin aparente que destruir las huellas de su propio paso, la pulsión de muerte permite en cada instante aquello que amenaza con destruir. La pulsión de muerte –así mismo, una pulsión de pérdida– trabaja pues sin descanso, en la borradura de su archivo. Por esta justa razón, se dice que es “anarcóntica”, “anarchivística”, o también, “archivolítica”. Ahora bien, para llegar a comprender el alcance destructivo de esta pulsión, habrá que recordar aún que ésta no se conforma con la simple borradura del recuerdo y la memoria, aquello que los griegos llamaban mnéme o anámnesis; sino que además destruye el propio archivo, el suplemento, el soporte exterior, precisamente aquello que como hypómnema no se deja confundir con la memoria. Y esto porque el archivo, aún sin saber con certeza aquello que esta palabra nombra, encuentra su lugar en la ausencia original de la memoria que se apresta a conservar. No hay, digámoslo ya, archivo sin afuera. No hay archivo sin un suplemento exterior que garantice la posibilidad de la repetición, de la reproducción, o de una cierta mnemotecnia.

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Según Freud, la lógica repetitiva de toda archivación es consustancial al movimiento destructivo al cual se expone. Por esto, el concepto de archivo en Freud, más también su discurso general sobre el archivo dirá Derrida, es sin duda alguna contradictorio. Contradicción que lejos de ser negativa, ha de ser afirmada, confirmada, como la condición de posibilidad para un concepto del archivo. He aquí, entonces, que el archivo no puede más que presentarse en su inminente retirada: en aquello mismo que hace posible la archivación, se cumple la exigencia de su olvido, la sustracción violenta del archivo. A esto se llama el mal de archivo.

Mal de archivo al que irresistiblemente nos debemos. El “mal de”, afirma Derrida, bien puede significar otra cosa que el simple padecimiento de un mal, puede significar también el incontenible deseo por encontrar lo ya siempre sustraído a cualquier búsqueda. Dicho de otra manera, no podría haber jamás algo así como un deseo irreprimible hacia el archivo, sin estar atravesado de parte a parte por el llamado “mal de” archivo.

Nada de lo que atañe al archivo es extraño al psicoanálisis. Más aún, la deconstrucción en curso de la historia del “archivo”, depende hoy más que nunca del porvenir teórico, institucional y científico del proyecto psicoanalítico. Más acá o más allá de Freud, con él y sin él, la deconstrucción del principio arcóntico, consistiría en cuestionar la modalidad temporal del pasado y del presente a la cual queda sometido el tratamiento del archivo, para oponerle un pensamiento de la historicidad abierto al acontecimiento venidero, es decir, un pensamiento afirmativo de la promesa mesiánica y del porvenir que la requiere. Hacer o dejar venir el archivo, tal es la cuestión de un pensamiento mesiánico previo a todo mesianismo. Hacer o dejar la venida de un acontecimiento incalculable, imprevisible en su llegada, es la condición –quizá la única– del archivo por venir y, por lo tanto, de la historia. Expuesto como está, el archivo produce; por esta razón es que no puede hablarse de un archivo “sin resto”. Acaso la exigencia, la más seria responsabilidad del archivo, consista en cuestionar lo que vendrá, aquello que aún resta por venir, y de lo que nada puede decirse ya que permanece indeterminado, es decir, solamente determinado por su condición de ser/estar abierto al porvenir.

El archivo como experiencia de la promesa, incluso como la formalidad estructural de un mesianismo sin religión, es la cuestión decisiva de una política del archivo. En efecto, no hay archivo, sea éste real o virtual – oposición tradicional que domina estos conceptos–, sin control del poder político. No cabe duda que la puesta en orden del archivo, habrá sido siempre una cuestión determinante al interior de las relaciones entre lo público y lo privado, en el establecimiento de criterios sobre el acceso a la información, y en la legislación de los derechos de impresión y de publicación. Porque el archivo siempre ha sido la puesta en obra institucional de la soberanía de un Estado, o sea, el efecto de un principio de consignación, no es posible tratar la cuestión del archivo sin reconocer el fundamento (arkhé) del discurso político que lo sustenta, sin tener en cuenta el derecho y la ley que de él dependen.

En resumen, la puesta en marcha del archivo se lleva a cabo en un movimiento necesariamente indecidible: el carácter impensado de este mal que arrastra todo archivo, que todo lo puede excepto el secreto, exige la difícil tarea de pensar el trabajo impostergable de una espera privada de horizonte, esperanza mesiánica que orienta la experiencia radicalmente heterogénea de afirmar el porvenir ético, jurídico y político para un nuevo concepto del archivo.