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La cuestión del estilo
Desde Basilea, en el setenta y dos (Nacimiento de la tragedia), Nietzsche escribe a Malwida von Meysenburg. Considero, en su carta, las formas de un exergo-errático.
“… finalmente el pequeño paquete que os está destinado [o el pequeño pliego: mein Bündelchen für sie. ¿Se sabrá alguna vez lo que con estas palabras designaban entre ellos?] se encuentra listo y por fin me oiréis de nuevo después de haber estado sumido en un verdadero silencio sepulcral (Grabesschweigen)… podríamos celebrar un reencuentro del tipo de nuestro concilio basilense (Basler Konzil) del que conservo un grato recuerdo en mi corazón… La tercera semana de noviembre y por ocho días me anuncian una visita señorial (ein herrlicher Besuch) – ¡aquí; en Basilea! La ‘visita en sí’ (der ‘Besuch an sich’), Wagner mit Frau, Wagner y su mujer. Hacen una gira para visitar todos los teatros importantes de Alemania pero también, de paso, al celebre Dentista de Basilea con quien tengo una deuda de agradecimiento (dem ich also sehr viel Dank schulde). [En esta larga carta, dentista es una de las tres únicas palabras subrayadas] … He llegado a convertirme efectivamente, con mi Nacimiento de la tragedia, en el filólogo más indecente hoy en día [el más escabroso, der anstössigste Philologe des Tages] y a hacer de la tarea de aquellos que querrían aliárseme un verdadero prodigio de temeridad, tanta unanimidad hay en darme a conocer mi sentencia de muerte (über mich den Stab zu brechen).”
(7 de noviembre de 1872)
El título propuesto para esta sesión habrá sido la cuestión del estilo.
Sin embargo – la mujer será mi tema.
Y queda por saber si esto viene a significar lo mismo – o bien todo lo contrario.
La “cuestión del estilo”, sin duda lo han reconocido, se trata de una cita.
He querido insistir en que no anticiparé aquí nada que no pertenezca al espacio liberado en el curso de estos dos últimos años por lecturas que abren una fase nueva en un proceso de interpretación deconstructora, es decir, afirmativa.
Si no cito esos trabajos , a los que debo mucho, ni siquiera Versions du soleil que me ha proporcionado el título, abriendo el campo problemático y hasta el margen en el que, cerca de la deriva, me mantendré, no será ni por omisión ni por presunción de independencia. Más bien para no fragmentar la deuda y presuponerla, a cada instante, en su totalidad.
Distancias
La cuestión del estilo es siempre el examen, la presión de un objeto puntiagudo.
A veces únicamente de una pluma.
Pero también de un estilete, incluso de un puñal. Con su ayuda se puede, por supuesto, atacar cruelmente lo que la filosofía encubre bajo el nombre de materia o matriz, para dejarla marcada con un sello o una forma, pero también para repeler una forma amenazadora, mantenerla a distancia, reprimirla, protegerse de ella -plegándose entonces, o replegándose, en retirada, detrás de los velos.
Dejemos flotar el élitro entre masculino y femenino.
Nuestra lengua nos asegura el goce, con tal de que no se articule.
Y en cuanto a los velos, ya se sabe, Nietzsche practicaría todos los géneros.
El estilo avanzará entonces como el espolón, el de un velero por ejemplo: el rostrum, ese saliente que en la parte exterior hende la superficie adversa.
Incluso, siempre en términos marinos, esa punta rocosa, llamada también espolón, que “rompe las olas a la entrada de un puerto”.
El estilo puede también protegerse con su espolón contra la amenaza aterradora, ciega y mortal (de lo) que se presenta, se ofrece a la vista con obstinación: la presencia, y por consiguiente, el contenido, la cosa misma, el sentido, la verdad – a menos que esto no sea ya el abismo desflorado en todo este desvelamiento de la diferencia.
Ya, nombre de aquello que se borra o se sustrae por adelantado dejando sin embargo una marca, una señal sustraída en aquello mismo de lo que se retira -el aquí presente- que habrá que tener en cuenta.
Cosa que haré, aunque el problema no es precisamente sencillo.
El espolón, en fráncico o alto alemán sporo, en gaélico spor, en inglés se dice spur. En les Mots anglais, Mallarmé lo relaciona con spurn, despreciar, repudiar, rechazar con desprecio. No es una fascinante homonimia sino únicamente la operación, de una lengua a otra, de una necesidad histórica y semántica; el spur inglés, el espolón, es la “misma palabra” que el Spur alemán: traza, estela, indicio, marca.
El estilo espoleante, el objeto alargado, oblongo, arma de desfile, lo mismo que perfora, la punta oblonguifoliada extrayendo su potencia apotropaica de los tejidos, telas, velos que se enarbolan, se pliegan o despliegan a su alrededor, es también, no olvidarlo, el paraguas.
Es un ejemplo, pero no olvidarlo.
Y para insistir sobre lo que imprime la marca del espolón estilado en la cuestión de la mujer -no digo, según la locución tan a menudo usada, la figura de la mujer- pues aquí se tratará de desvelarla, dejando la cuestión de la figura abierta y cerrada a la vez por lo que se llama la mujer; para anunciar también, desde este momento, lo que regula el juego de las velas (por ejemplo de un navío) sobre la angustia antropopaica; para dejar por último traslucir cierta permeabilidad entre el estilo y la mujer de Nietzsche, he aquí algunas líneas de la Gaya Ciencia, en la bella traducción de Pierre Klossowski:
“Las mujeres y su operación a distancia (ihre Wirkung in die Ferne).”
“¿Tengo todavía oídos? ¿Seré yo todo oídos y nada más que oídos?”
[Todas las interrogaciones de Nietzsche, y las relativas a la mujer en particular, se encuentran alojadas en el laberinto de un oído, y apenas más lejos en la Gaya Ciencia (Die Herrinnen der Herren, las dominadoras de señores), un telón o una cortina, una tela (Vorhang) se levanta ("sobre posibilidades en que no creemos de ordinario") cuando se eleva tal voz de alto grave y poderosa (eine tiefe mächtige Altstimme) que parece, como lo mejor del hombre en la mujer (das Beste vom Manne), superar la diferencia de los sexos (über das Geschlecht hinaus) y encarnar el ideal. Pero cuando esas voces de contralto "representan el amante viril ideal, Romeo por ejemplo", Nietzsche tiene sus reservas: "No convencen tales amantes: esas voces tienen siempre un matiz maternal y de ama de casa, tanto mayor cuanto su entonación es amorosa"].
“¿Seré yo todo oídos y nada más que oídos? En medio de la violencia de la resaca [juego de palabras intraducible, como suele decirse: Hier stehe ich inmitten des Brandes der Brandung. Brandung, en afinidad con la abrasión de Brand, que significa también la marca al rojo vivo, es la resaca como traduce justamente Klossowski, el retroceso de las olas cuando tropiezan contra las rocas o rompen contra los arrecifes, los acantilados, los espolones, etc.] cuyo espumoso retroceso de blancas llamas salpica hasta mis pies [soy por lo tanto también el espolón] -no son más que bramidos, amenazas, gritos estridentes que me asaltan, mientras que en su antro más profundo, el antiguo agitador de la tierra canta roncamente su melodía [su aria, seine Arie singt, Ariadna no anda lejos] como un mugiente toro : y al mismo tiempo, con su furioso pie, da tal cantidad de patadas que hace temblar el corazón de los demonios de las pulverizadas rocas. Entonces, como surgido de la nada, aparece, a las puertas de ese infernal laberinto, a sólo unas brazas de distancia, un gran velero (Segelschiff) que pasa, con silencioso y fantasmal deslizamiento. ¡Fantasmal hermosura! ¿Qué encantamiento no ejerce sobre mí? ¿Contendrá ese esquife [Klossowski concentra aquí en una sola palabra -esquife- todas las posibilidades de "sich hier eingeschifft"] el descanso taciturno del mundo? ¿Mi dicha misma sentada allá abajo, en aquel lugar tranquilo, mi yo más feliz, mi segundo yo-mismo eternizado? ¿Sin haber muerto todavía, pero sin vivir ya? ¿Deslizándose y flotando, un ser intermedio (Mittelwesen), espectral, silencioso y visionario? ¿Semejante a un navío que con sus blancas velas planea por encima del mar como una gigantesca mariposa? ¡Ah! ¡planear por encima de la existencia! (Uber das Dasein hinlaufen!) ¡Eso, eso es lo que convendría! -¿ha hecho de mí ese tumulto (Lärm) un soñador (Phantasten)? Toda gran agitación (Lärm), nos lleva a imaginar la felicidad en la calma y en la lejanía (Ferne). Cuando un hombre, a merced de su propio tumulto (Lärm), se encuentra sumido en la resaca (Brandung, de nuevo) de sus “tensiones” y sus intenciones (Würfen und Entwürfen), sin duda ve también entonces cómo seres encantadores y silenciosos se deslizan ante él, seres cuya felicidad y retiro (Zurückgezogenheit: el repliegue sobre sí mismo) ambiciona -son las mujeres (es sind die Frauen).
“Se complace en creer que allá abajo, cerca de las mujeres, habitaría su mejor yo (sein besseres Selbst) : en esos tranquilos lugares el tumulto (Brandung) más violento se apagaría en un silencio de muerte (Totenstille) y la vida se convertiría en el sueño mismo de la vida (über das Leben).”
[El fragmento precedente, Wir Künstler!, ¡Nosotros los artistas!, que empieza con "Cuando amamos a una mujer", describe el movimiento que contiene simultaneamente el riesgo somnambúlico de la muerte, el sueño de muerte, la sublimación y la disimulación de la naturaleza. El valor de disimulación no se disocia de la relación del arte con la mujer: "... nos invaden el espíritu y la fuerza del sueño, y así ascendemos por los caminos más peligrosos con los ojos abiertos, indiferentes ante el riesgo, por los tejados, por los acantilados y las torres de la fantasía (Phantasterei), sin sentir el menor vértigo, nacidos para trepar -nosotros los sonámbulos del día (wir Nachtwandler des Tages!) ¡Nosotros los artistas! ¡Nosotros los disimuladores de la naturaleza (wir Verhehler der Natürlichkeit)! ¡Nosotros lunáticos y perseguidores de Dios (wir Mond- und Gottsüchtigen)! Nosotros viajeros en un silencio de muerte, viajeros infatigables (wir totenstillen, unermüdlichen Wanderer), sobre alturas que no reconocemos como alturas, que tomamos por nuestras llanuras, por nuestras certidumbres!"]
“¡Sin embargo! ¡Sin embargo! noble exaltado, hasta en los más hermosos veleros no es menor la bulla y el tumulto (Lärm), y desgraciadamente un tumulto tan deplorable (kleinen erbärmlichen Lärm!) El encanto más poderoso de las mujeres (der Zauber und die mächtigste Wirkung der Frauen), consiste en hacer sentir su lejanía (eine Wirkung in die Ferne, una operación a distancia), Y para hablar el lenguaje de los filósofos, una actio in distans: pero para eso es necesario, en primer lugar y ante todo – ¡la distancia! (dazu gehört abre, zuerst und vor allem – Distanz!)’.
Velos
¿Qué paso separa esta Dis-tanz?
La escritura de Nietzsche la mimetiza ya, gracias al efecto de un estilo indirecto entre la cita latina (actio in distans) parodiando el lenguaje de los filósofos y el signo de exclamación, el guión que deja en suspenso la palabra Distanz: que nos invita, mediante una pirueta o un juego de sombras, a mantenernos alejados de esos velos múltiples que nos producen un sueño mortal.
La seducción de la mujer opera a distancia, la distancia es el elemento de su poder.
Pero de ese canto, de ese encanto, hay que mantenerse a distancia; hay que mantenerse a distancia de la distancia, y no sólo, como podría suponerse, para protegerse contra esa fascinación, sino también para experimentarla.
Es necesaria la distancia (necesaria), hay que mantenerse a distancia (Distanz!), cosa que no hacemos, cosa que olvidamos hacer y esto se parece también a un consejo de hombre a hombre: para seducir y para no dejarse seducir.
Si hay que mantenerse a distancia de la operación femenina (de la actio in distans), lo que no se resuelve con una aproximación simplemente, salvo a arriesgar la muerte misma, es porque “la mujer” quizá no sea nada, la identidad determinable de una figura que se anuncia a distancia, a distancia de otra cosa, y susceptible de alejamientos y aproximaciones. Quizá sea, como no-identidad, no-figura, simulacro, el abismo de la distancia, el distanciamiento de la distancia, el corte del espaciamiento, la distancia misma si además pudiera decirse, lo que es imposible, la distancia ella misma.
La distancia se distancia, la lejanía se aleja. Aquí hay que recurrir al uso heideggeriano de la palabra Entfernung: a la vez la separación, el alejamiento y el alejamiento del alejamiento, el alejamiento de la lejanía, el des-alejamiento, la destrucción (Ent-) constituyente de la lejanía como tal, el enigma velado de la proximidad.
La abertura separada de esta Entfernung da lugar a la verdad y la mujer se separa de ella misma.
No hay esencia de la mujer porque la mujer separa y se separa de ella misma.
Engulle, vela por el fondo, sin fin, sin fondo, toda esencialidad, toda identidad, toda propiedad. Al llegar a este punto el discurso filosófico, ciego, zozobra -se deja arrastrar a su perdición.
No hay verdad de la mujer porque esta separación abisal de la verdad esta no-verdad es la “verdad”. Mujer es un nombre de esta no-verdad de la verdad.
Fundamento esta proposición en algunos textos, entre otros muchos.
Por una parte, Nietzsche recoge por su cuenta, de un modo que habrá que calificar, esta figura apenas alegórica: la verdad como mujer o como el movimiento de velo del pudor femenino. Un fragmento raramente citado desarrolla la complicidad, más todavía que la unidad, de la mujer, de la vida, de la seducción, del pudor y de todos los efectos de velo (Schleier, Enthüllung, Verhüllung). Problema temerario de lo que sólo se desvela una vez, das enthüllt sich uns einmal. Veamos solamente las últimas lineas: “… pues la realidad no divina no nos muestra lo Bello o si nos lo entrega es sólo por una vez! Quiero decir que en el mundo abundan las cosas hermosas, pero no es menos pobre, muy pobre, en hermosos instantes y en bellas revelaciones (Enthüllungen) de semejantes cosas. Pero quizá en esto consista el encanto (Zauber) más poderoso de la vida: el estar cubierta de un velo tejido en oro (golddurchwirkter Schleier), un velo de bellas posibilidades, que le da un aspecto prometedor, insinuante, púdico, irónico, enternecedor, seductor, ¡Sí!, ¡la vida es mujer!”.
Pero por otra parte, el filósofo que cree en esta verdad que es mujer, crédulo y dogmático, tanto en la verdad como en la mujer, no ha comprendido nada.
No ha comprendido ni la verdad ni la mujer.
Pues si la mujer es verdad, ella sabe que no hay verdad, que la verdad no tiene lugar y que no estamos en posesión de la verdad. Es mujer en tanto que no cree, ella, en la verdad, y por tanto en lo que ella es, en lo que se cree que es, que sin embargo no es.
Así opera la distancia cuando sustrae la identidad propia de la mujer, desarzona al filósofo caballero, a menos que éste no reciba de la mujer dos espolones, golpes de estilo o puñaladas cuyo intercambio baraja entonces la identidad sexual: “Que alguien no pueda defenderse y por consiguiente no quiera hacerlo no es, a nuestros ojos, motivo de vergüenza. Pero no tenemos en ninguna estima a quien no tiene ni la facultad ni la voluntad de vengarse -poco importa que se trate de un hombre o de una mujer. ¿Podría retenernos una mujer (o como suele decirse, “fascinarnos”) si no la creyesemos capaz, llegado el caso, de utilizar el puñal (no importa que clase de puñal, irgendeine Art von Dolch) contra nosotros?- o bien contra sí misma: lo que en ciertos casos constituiría una venganza más refinada (la venganza china).” (69) La mujer, la amante, la mujer amante de Nietzsche se asemeja a veces a Pentesilea. (Con Shakespeare, Kleist aparece citado, en la Voluntad de poder, a propósito de la violencia que se inflige al lector y del “placer de la disimulación”. Kleist había escrito también una “Oración de Zoroastro”.) Sexo velado en transparencia, la punta dirigida contra sí misma, es también la Lucrecia dagada de Cranach. ¿Cómo puede la mujer, siendo la verdad, no creer en la verdad? O lo que es lo mismo ¿cómo ser la verdad y continuar creyendo en ella?
Obertura del Más allá: “Suponiendo que la verdad sea una mujer-, ¿cómo?, ¿no está justificada la sospecha de que todos los filósofos, en la medida en que han sido dogmáticos, han entendido poco de mujeres (sich schlecht auf Weiber verstanden)?, ¿de que la estremecedora seriedad, la torpe insistencia con que hasta ahora han solido acercarse a la verdad eran medios inhábiles e ineptos (ungeschickte und unschickliche Mittel) para conquistar los favores precisamente de una mujer (Frauenzimmer, término despectivo: una mujer fácil)?”.
Verdades
Nietzsche en este instante hace girar la verdad de la mujer, la verdad de la verdad: “Lo cierto es que ella no se ha dejado conquistar: -y hoy toda especie de dogmática está ahí en pie, con una actitud de aflicción y desánimo. ¡Si es que en absoluto permanece en pie! “.
La mujer (la verdad) no se deja conquistar.
A decir verdad la mujer, la verdad no se deja conquistar.
Lo que a decir verdad no se deja conquistar es -femenino, lo que no hay que traducir apresuradamente por la feminidad, la feminidad de la mujer, la sexualidad femenina y otros fetiches esencialistas que son precisamente lo que se cree conquistar con la necedad del filósofo dogmático, del artista impotente o del seductor inexperto.
Este distanciamiento de la verdad que se sustrae a sí misma, que aparece entre comillas (maquinación, grito, vuelo y garras de una grulla), todo aquello que va a forzar en la escritura de Nietzsche la puesta entre comillas de la “verdad” -y por consiguiente, en rigor, de todo el resto-, todo aquello que va por lo tanto a inscribir la verdad- y por consiguiente, en rigor, inscribir en general, constituye, no digamos siquiera lo femenino, sino la “operación” femenina.
Ella (se) escribe.
En ella revierte el estilo.
Más aún: si el estilo era el hombre (como el pene sería, según Freud, “el prototipo normal del fetiche”) la escritura sería la mujer.
Todas estas armas pasan de mano en mano, de un contrario a otro, mientras el problema sigue siendo el mismo: ¿Qué hago yo aquí, en este momento?
¿No habría que conciliar estas proposiciones aparentemente feministas con el enorme corpus del encarnizado anti-feminismo de Nietzsche? La congruencia, palabra que opongo aquí por convencionalismo a coherencia, es con mucho enigmática, pero también rigurosamente necesaria. Esta sería, al menos, la tesis de la presente comunicación.
Verdad, la mujer es el escepticismo y el velado disimulo, esto es lo que sería lícito pensar. La ok¡ciz de la “verdad” tiene la edad de la mujer! “Sospecho que las mujeres viejas (altgewordene Frauen), hasta en los más recónditos repliegues de su corazón, son más escépticas que todos los hombres juntos: ellas creen en la superficialidad de la existencia como si fuera su esencia, y toda virtud, toda profundidad no es para ellas más que velamiento (Verhüllung) de esta “verdad”, el velamiento deseado de algo pudendum – una cuestión de convencionalismo y de pudor y nada más!” (La Gaya Ciencia (64), Escépticas. Cf. también el final del Prólogo de La Gaya Ciencia.)
Aunque la “verdad” no fuera más que una superficie, sólo llegaría a ser verdad profunda, cruda, deseable, bajo el efecto de un velo: que la cubra. Verdad no suspendida por las comillas y que recubre la superficie de un movimiento de pudor.
Bastaría con suspender el velo o dejarlo caer de otra manera para que no hubiera más verdad, o unicamente la “verdad” – escrita así. El velo/cae.
¿Por qué entonces el pánico, el miedo, el ‘pudor’?
La distancia femenina abstrae de sí misma la verdad suspendiendo la relación a la castración. Suspender como podría tenderse o extenderse una tela, una relación, etc., que se deja al mismo tiempo -suspendida- en la indecisión. En el ¢pox®.
Relación suspendida a la castración: pero no a la verdad de la castración, en la que la mujer no cree, ni a la verdad como castración, ni a la verdad-castración. La verdad-castración es precisamente el problema del hombre, la problemática masculina que nunca es lo bastante vieja, escéptica ni disimulada, y que en su credulidad, en su estupidez (siempre sexual y que ocasionalmente se presenta como experta maestría), se castra secretando el señuelo de la verdad-castración. (En este punto sería lícito quizá interrogar -desacoplar- el despliegue metafórico del velo; de la verdad que habla, de la castración y del falocentrismo en el discurso lacaniano por ejemplo.)
La “mujer” -la palabra hace época- tampoco cree en el reverso puro de la castración, en la anti-castración. Es demasiado astuta para eso y sabe -de ella, de su operación al menos, deberíamos aprender nosotros, pero ¿quiénes nosotros?- que semejante inversión la privaría de toda posibilidad de simulacro, la devolvería verdaderamente al mismo estado y la instalaría más firmemente que nunca en la vieja máquina, en el falocentrismo asistido de su compadre, imagen inversa de las pupilas, alumno alborotador, es decir, discípulo disciplinado del maestro.
Así, pues, la “mujer” necesita del efecto de la castración, sin el cual no sabría seducir ni suscitar el deseo -pero evidentemente no cree en ello. “Mujer” es lo que no cree pero aparenta creer en el marco de un nuevo concepto o de una nueva estructura que persigue la risa. Del hombre – sabe, con un saber al que ninguna filosofía dogmática o crédula podría compararse, que la castración no tiene lugar.
Fórmula que habría que substituir con suma cautela. Indica, en principio, que el lugar de la castración no es determinable, marca indecidible o no-marca, discreto margen de consecuencias incalculables, una de las cuales he tratado de consignar en otro lugar [i] , revirtiendo a la equivalencia estricta de la afirmación y de la negación de la castración, de la castración y de la anti-castración, de la asunción y de la denegación. A desarrollar más adelante bajo el título de l’ argument de la gaine [ii] renovado a partir del texto de Freud sobre el fetichismo.
Adornos
Si – hubiera tenido lugar, la castración habría sido esa sintáxis de lo indecidible garantizando, anulándolos y asimilándolos todos los discursos en pro y contra. Es el golpe en falso que no se intenta nunca por otra parte sin interés. De ahí el extremo “Skepsis des Weibes”.
Desde el momento en que desgarra el velo de pudor o de verdad en el que se la ha querido envolver, manteniéndola “en la mayor ignorancia posible in eroticis”, su escepticismo no tiene límite. Lease Von der weiblichen Keuschheit (De la castidad femenina, La Gaya Ciencia): en la “contradicción entre el amor y el pudor”, en “la cohabitación de Dios y de la Bestia”, entre “el enigma de la solución” y “la solución del enigma” viene “a anclarse la extrema filosofía y el extremo escepticismo de la mujer”. En ese vacío es donde ella echa su ancla (die letzte Philosophie und Skepsis des Weibes an diesem Punkt ihre Anker wirft).
La “mujer” se interesa tan poco en la verdad, cree tan poco en ella, que su propia verdad ni siquiera la concierne.
Es el “hombre” el que cree que su discurso sobre la mujer o sobre la verdad concierne – tal es la cuestión topográfica que apuntaba, y evitaba también como siempre, cuando más arriba me refería al contorno indecidible de la castración – a la mujer. La circunscribe.
Es el “hombre” el que cree en la verdad de la mujer, en la mujer-verdad.
Y en verdad las mujeres feministas contra las que Nietzsche multiplica los sarcasmos, son los hombres.
El feminismo es la operación por la que una mujer quiere asemejarse al hombre, al filósofo dogmático, reivindicando la verdad, la ciencia, la objetividad, es decir, con toda la ilusión viril, el efecto de castración que conllevan.
El feminismo quiere la castración también de la mujer. Pierde el estilo
Nietzsche denuncia precisamente en el feminismo la falta de estilo: “¿No es de pésimo gusto que la mujer se disponga así a volverse científica (wissenschaftlich)? Hasta ahora, por fortuna, el aclarar las cosas (Aufklären) era asunto de hombres, don de hombres (Männer-Sache, Männer-Gabe) -con ello éstos permanecían ‘por debajo de sí mismos’ (Jenseits, 232, cf. también 233)
Verdad es que en otro lugar (206) – aunque esto no es en absoluto contradictorio -, el hombre de ciencia medio, aquel que no crea, que no da a luz, aquel que se contenta en suma con tener la ciencia en la boca, cuyo “ojo es como un lago liso y disgustado” pero que puede convertirse en “ojo de lince para ver cuanto de bajo hay en las naturalezas a cuyas alturas él no puede ascender”, este hombre de ciencia estéril es comparado a una solterona.
Nietzsche es el pensador del embarazo. Esto puede verificarse en cualquier parte. Lo ensalza no menos en el hombre que en la mujer. Y teniendo en cuenta que lloraba con facilidad y hablaba de su pensamiento como una mujer encinta lo haría de su hijo, a menudo lo imagino vertiendo lagrimas sobre su vientre . [iii]
“…con ello éstos permanecían por debajo de sí mismos; y, en última instancia, con respecto a todo lo que las mujeres escriban sobre la “mujer” es lícito reservarse una gran desconfianza acerca de si la mujer quiere [Nietzsche subraya ] propiamente (eigentlich) aclaración (Aufklärung) sobre sí misma – y puede quererla (will und wollen kann)… si con esto la mujer no busca un nuevo adorno para sí (einen neuen Putz für sich) ‑ yo pienso, en efecto, que el adornarse (Sich-Putzen) forma parte de lo eternamente femenino-, bien, entonces lo que quiere es despertar miedo de ella: -con esto quizá quiera dominio (Herrschaft). Pero no quiere la verdad (Aber es will nicht Wahrheit): ¡qué le importa la verdad a la mujer! Desde el comienzo nada resulta más extraño, repugnante, hostil en la mujer que la verdad, – su gran arte es la mentira, su máxima preocupación son la apariencia (Schein) y la belleza”. (232)
Notas:
(1) La Dissémination (Le Seuil, 1972), p. 47 etpassim.
(2) Cf. Glas (Galilée 1974), p. 234 sg., p. 252 sg.
(3) “Las madres. Los animales consideran de modo distinto a las hembras que los hombres: para ellos la hembra es como la naturaleza productiva (als das produktive Wesen). No hay en ellos amor paternal, sino algo así como el amor que se tendría por los hijos de una amante y la manera en que uno se acostumbra a ellos. Las hembras encuentran en sus crías la satisfacción de su necesidad de dominio (Herrschsucht), una propiedad (Eigentum), una ocupación, algo que les es perfectamente comprensible y con lo que pueden entretenerse: todo esto constituye el amor maternal – comparable al amor del artista por su obra. El embarazo torna a las mujeres más dulces, más pacientes, más temerosas, las dispone más que cualquier otra cosa a la sumisión; y de igual manera el embarazo espiritual desarrolla el carácter de los contemplativos, emparentado al carácter femenino – son las madres masculinas. – Entre los animales, el sexo masculino es el bello sexo.” (La Gaya Ciencia, 72)
La imagen de la madre determina, por lo tanto, los rasgos de la mujer. Se asignan, se predestinan desde el seno: “Legado maternal (Von der Mutter her). Todo hombre tiene una imagen de la mujer que le viene de su madre: ella es la que le determina bien a respetar a las mujeres en general bien a despreciarlas o bien a no sentir por ellas más que indiferencia”. (Humano, demasiado humano, 380).

evelyn 9:46 pm el 4 mayo, 2009 | #
hola, ante que todo te felicito por este estupendo texto de Dérrida, pero me queda una duda con el tema planteado de la castración, ya que no lo pude comprender en un todo, no sé si tomarlo como el arrancamiento de la verdad o simplemente el no tener ese poder que impone el hombre con el falocentrismo.